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Fundación de las Hijas de la Caridad



La Compañía de las Hijas de la Caridad surge en la Iglesia por inspiración del Espíritu Santo. Luisa de Marillac había recibido el 4 de junio de 1623 una luz inspiradora y creativa, pero difusa, que se va a ir haciendo nítida con el paso del tiempo. Transcurrieron diez años hasta que en su interior percibe que ha llegado el momento de organizar una comunidad nueva de mujeres consagradas a Dios para servir al prójimo. Y en esa comunidad habría “idas y venidas” para realizar el servicio a los necesitados. Luisa percibe esta inspiración la víspera de Pentecostés de 1623 (SLM: E.3) después de una situación de noche oscura y de búsqueda de sentido para su vida. Con la inspiración le vino la paz interior, la seguridad, la serenidad en medio del dolor y una luz misteriosa que iluminaba su futuro en la Iglesia. El Espíritu Santo la condujo al encuentro de Vicente de Paúl como director espiritual, a pesar de sus sentimientos de rechazo hacia aquel sacerdote. Vicente de Paúl, conducido también por el Espíritu Santo, estaba predicando misiones y fundando Cofradías de Caridad en los pueblos misionados. La Cofradía de la Caridad era uno de los frutos de la Misión. Con el paso de los años (1626-1629) “aquello no iba bien” y la divina Providencia tenía reservado a Luisa de Marillac el ser visitadora y reorganizadora de las Caridades. Vicente más que animar y alentar la llamada de Luisa, frena la impaciencia de la dirigida: "En cuanto a lo otro, le ruego, una vez para siempre, que no piense en ello hasta que nuestro Señor haga ver lo que Él quiere, ya que ahora le da sentimientos contrarios. Se desean cosas muy buenas, con un deseo que parece ser de Dios y, sin embargo, no siempre lo es. Dios lo permite para que el espíritu se vaya preparando a ser como Él desea. Saúl iba buscando una pollina, y se encontró con un reino. San Luis buscaba la conquista de Tierra Santa, y se encontró con la conquista de sí mismo y con la corona del cielo. Usted busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas, y Dios quiere que sea sierva de Él y quizá de otras muchas personas a las que no serviría de otra forma. Y aunque sólo fuera sierva de Dios, ¿no es bastante para Dios el que su corazón honre la tranquilidad de nuestro Señor?" (SVP: I, 175). Vicente frena, pero se mantiene él mismo a la escucha del Espíritu Santo. Por la fiesta de Pentecostés de 1633 persistía aún la indecisión, según se percibe en su correspondencia: "En relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su divina Majestad. Le pido, señorita, que le encomiende este asunto durante estos días, en que Él comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo. Insistamos, pues, en nuestras oraciones y manténgase muy alegre" (SVP: I, 251-252). Los Ejercicios Espirituales en el otoño de 1633 resultaron decisivos. Al final de este retiro, Vicente escribe una carta que equivale a una señal de luz verde: "Le suplico, señorita, en el nombre de nuestro Señor, que haga todo lo posible por cuidarse, no ya como una persona particular, sino como si otras muchas tuviesen parte en su conservación. Estamos en el día octavo de nuestro retiro; espero llegar al décimo con la ayuda de Dios. Creo que su ángel bueno ha hecho lo que me indicaba en la que me escribió. Hace cuatro o cinco días que ha comunicado con el mío a propósito de la caridad de sus hijas, pues es cierto que me ha sugerido el recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra; ya hablaremos de ella, con la ayuda de Dios, el viernes o el sábado, si no me indica antes otra cosa" (SVP: I, 265-266). Los meses siguientes transcurrieron en la búsqueda y selección de las jóvenes que debían constituir el primer grupo de la nueva comunidad. Todas tenían ya experiencia del trabajo con los pobres en las caridades parroquiales (SVP: I, 266-267). El 29 de noviembre de 1633, vigilia de San Andrés, el pequeño grupo de muchachas, cuyos nombres desconocemos, se instalaba en el domicilio de Luisa de Marillac para iniciar su educación en las "sólidas virtudes". El hecho tuvo lugar en una casa de alquiler ubicada en la parroquia de san Nicolás de Chardonet. Había nacido la Compañía de las Hijas de la Caridad (Gobillón, 1ª Ed Fr. p. 51-52). Margarita Naseau ya había muerto, pero había dejado el camino abierto a las demás... Su caridad heroica es el don y la luz visible que hizo posible el nacimiento de la Compañía (SVP: IX, 90, 731).






  
  

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