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Testimonio de un servicio en frontera



“Hoy no basta con ser santo, es necesario la santidad que el momento presente exige…una santidad nueva, también sin precedentes… ¡Donde hay una necesidad, hay una obligación!”
P.Jean Marie Perrin, Sacerdote dominico

La misión en frontera surgió de la realidad de los migrantes, especialmente venezolanos que se ven expuestos a toda clase de necesidad desde la salida de su país, en todo el trayecto y en los lugares de destino. Siempre con las mismas constataciones: 

  • Largas esperas en los puestos de migración de todas las fronteras, algunos deben quedarse hasta 3 meses esperando un carné humanitario que acredite su condición de solicitud de refugio, porque no cuentan con los documentos que se les piden: pasaporte y visa.
  • En las ciudades donde logran ingresar grupos viviendo en la calle, sin casa, sin trabajo, sin protección.

Frente a esta realidad, la Compañía de las Hijas de la Caridad en la persona de Sor Iliana Suarez,  Consejera General de América Latina, lanzó un llamado a las 8 Provincias para acudir en ayuda de este grupo de hermanos y hermanas.

En el mes de febrero se conformó un equipo de tres Hermanas, Sor Marina Sillo de Ecuador, Sor Mirabel García de Perú y Sor María Isabel Ruiz de Chile, quienes llegaron el 11 de marzo a Huaquillas ciudad ubicada al sur de Ecuador, lugar de frontera con Perú. El 14 de marzo se inauguró la misión que fue puesta bajo la protección de Santa Luisa de Marillac y el 15 de marzo el gobierno decretó estado de emergencia sanitaria y cuarentena total. Al mismo tiempo, se cerraron todos los pasos fronterizos, los migrantes fueron trasladados a la ciudad de Tumbes en Perú.  Sin embargo, el movimiento migratorio continuó.

La primera pregunta que surgió fue: "¿para que nos trajo el Señor a este lugar, en estas circunstancias?"  Respuesta que solo podrían encontrar desde la fe, porque los proyectos y los caminos de Dios son diferentes a los nuestros y además muy superiores. (Is 55.7)

Las hermanas se enfrentaron a una experiencia de despojo por la muerte de la Madre Kathleen Appler,  Superiora General, guardando cuarentena en un país extranjero y sin medios de comunicación. Momento para hacer realidad el salmo 56: ”Me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad”.

Juntas pensaron que Dios las llevó a este lugar, donde hay muy poca presencia de Iglesia y de vida consagrada, intuyendo que Dios les pedía intensificar la oración por este pueblo, por los migrantes y los pobres en general. "Él nos pide construir  una comunidad desde  la interculturalidad, la internacionalidad y la  situación de emergencia; fortalecer nuestros lazos  con la Compañía y cada una de nuestras Provincias;  recordar  que  cada uno de los gestos de la Hija de la Caridad está al servicio de los pobres  aún cuando  por el momento no tengamos ninguna posibilidad de contacto con ellos y menos de ofrecerles nuestro servicio; comenzar a vivir una nueva modalidad de  ser Hijas de la Caridad desde la inactividad  y el  confinamiento, sin perder la  paz, la alegría y la esperanza, potenciando  todos los  sencillos gestos de caridad sobre los que se  construye la  fraternidad  y se convierten en semillas del Reino", comentaron.

Al terminar el mes de marzo y viendo que la pandemia arreciaba en Ecuador y el mundo, se ofrecieron para ir a colaborar con las hermanas de un Hogar de Ancianos y de niñas en la ciudad de Cuenca donde se contaba con muy poco personal.  Se desplazamos el 1 de abril con un salvoconducto.  Allí permanecieron durante un mes y medio apoyando el servicio para aligerar en parte el trabajo de las Hermanas.

El 15 de mayo regresaron a Huaquillas dispuestas a salir al encuentro de los migrantes para ofrecerles algo de alimentación.  Ahí comprobaron que diariamente se desplazaban desde Perú hacia Venezuela entre 100 y 150 personas, algunas familias completas que habían quedado sin trabajo en Perú, Chile, Argentina, Bolivia y que habían decidido regresar a su país, utilizando las trochas puesto que las fronteras siguen cerradas. 

Diariamente repartieron entre 60 y 80 raciones de comida, saliendo a su encuentro en la ruta, el peaje, puestos de aduana y de policía, las plazas y avenidas principales, donde pasan una noche a descansar.

"Esta experiencia fue una fuente de gracia para nosotras, fuimos favorecidas con la abundancia de bendiciones que nos daban. Encuentros que producen vida, esperanza y renuevan la vocación, verdaderamente los pobres son nuestros maestros y nos evangelizan. Admiramos su confianza en Dios, su gratitud por estos sencillos servicios porque según ellos era Dios mismo quien salía a su encuentro" resaltaron.

Para los habitantes de Huaquillas que las ven recorrer las calles diariamente, son las Hermanas de la Caridad, y ellos mismos se encargaban de decir a los migrantes que pronto iban a recibir comida.

"Antes de partir al Ecuador recibí de regalo un Cristo con los brazos rotos, me sentí llamada a poner los míos al servicio de mis hermanos, lo que admirablemente pude realizar durante esta experiencia porque el servicio hecho fue a 'a costa del sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos' según la expresión de San Vicente.  Nuestras identidades no nos pertenecen, solo somos depositarias de lo que Dios ha vertido en ellas. Serán fecundas cuando las ofrezcamos hasta el final y las pongamos a disposición de los demás" expresó Sor María Isabel.

Realizar un servicio “yendo y viniendo” en tiempos de pandemia solo es posible si se pierde el miedo y se acoge a la protección de Dios, cumpliendo desde luego con todos los protocolos de seguridad para no exponerse o exponer a los demás.  Esta experiencia, se ha sumado a los esfuerzos que la Compañía está haciendo en el mundo entero para continuar haciendo efectivo el ejercicio de la Caridad allí donde se presenta una nueva necesidad.

"Siempre será posible dejarse tocar por la urgencia de la Caridad que clama desde los caminos del mundo, desde los suburbios de las ciudades, desde los campamentos, favelas, villas miseria, barrios marginados y lugares donde se esconde la pobreza bajo todas sus formas.  La mies es mucha, pero los obreros son pocos.  Seamos intrépidas en salir al encuentro del Señor, busquemos su rostro, escuchemos su voz, dejémonos interpelar por su mirada, sigamos sus pasos cargando gozosas con la cruz de nuestra fragilidad y nuestra propia historia  que  con Él  se transforma en historia  de salvación".

Sor María Isabel Ruiz, HC
Santiago de Chile,17 de septiembre 2020

 

Fuente: Comunicaciones Chile


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