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Una historia increíble... que cuesta creerla



En el pueblo de Pisiga se estaba viviendo una plaga de ratones que estaban destruyendo las pobres siembras del pueblo. Antes esto la comunidad del pueblo llamó a las Hijas de la Caridad, para que junto al sacerdote franciscano Pablo Dierck realizaran una oración para terminar con esta plaga.

Llegado el día, se preparó una hermosa rogativa. Para tal efecto el Padre pidió a las hermanas que a uno de los ratones del pueblo lo encerrasen en una pequeña jaula. Este sería el signo central de la liturgia… que ratón más esquivo y que hermanas más temerosas, pero al final lograron capturar a un enorme ratón y tenerlo como centro de la liturgia.

El Padre Paulo, al final de la misa dominical, llamó a la comunidad a las puertas del templo para rezar por el término de la plaga.

Hermanos ratones, ustedes conocen a este pueblo, empezó diciendo el sacerdote,  y saben que necesitamos de las pequeñas siembras para que podamos vivir durante el año de ellas. Pero estamos en problemas, ustedes se han venido a este pueblo en forma masiva y no podemos seguir viviendo de esta manera, por eso les pedimos que sean generosos con nosotros y se puedan ir a vivir al desierto, en otras comunidades de ratones amigos.

Luego les pidió a las hermanas que soltaran al ratón enjaulado, que tenía cara de no entender lo que ocurría. Al momento de abrirla nuevamente el Padre Paulo le dijo: Hermano Ratón, sal de nuestro pueblo y busca una nueva vida lejos de nosotros… al instante el ratón tomó tranco seguro y se dirigió al pleno desierto altiplánico.

Hasta aquí, no hay nada extraordinario ¿no les parece? Lo bueno viene ahora: al instante que sale el ratón, fueron muchos más que salieron de las casas y se fueron juntos al desierto, dejando un poco más aliviado al pueblo.

Fuente: Recopilación de Winston H. Elphick D., escuchando a la comunidad de Hijas de la caridad de Iquique. Octubre 2013.






  
  

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